Rumor de humo y ceniza Marcos Rodríguez Leija / Nuevo LaredoMarcos Rodríguez Leija / Nuevo Laredo

Dedicatoria A un país de escombros. A una frontera de espejos rotos. A una geografía mutilada a mitad del desierto. A los corazones blandos en la boca de los [soldados del infierno. A los cazadores de sueños. A los misioneros del miedo. Al honor a media asta. A un desfile de banderas rotas. A un viacrucis que no acaba. A esa ciudad que es una casa inconclusa [que se incendia....

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Sesenta vueltas al Sol Carlos Acosta / Antiguo Morelos

Ha llegado la fecha. La vida o la muerte no opinaron lo contrario. Hoy cumplo sesenta años. Lo escribo con asombro real y no puedo evitar mirarme a los veintiuno en el cuarto de azotea del edificio de la calle Pitágoras, en medio de aquel universo de luces que a las once de la noche me parecía, desde la ventana, la Ciudad de México, pensado en que no iba a llegar más allá de los cuarenta. No es un artilugio...

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Rockdrigo González. Tiempo de híbridos - Especiales

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Nora de la Cruz / coordinadora

Estado de México, 1983. Ha realizado estudios en Letras Hispánicas, Teoría Literaria y Creación en la UNAM, la UAM y la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha colaborado con artículos, entrevistas y reseñas en publicaciones digitales como La Fábrica de Mitos Urbanos, Distintas Latitudes, Hoja Blanca, Posdata y Testigos Modestos, así como en la revista Casa del Tiempo.

¿No conoces a Rockdrigo?, decían mis interlocutores cuando notaban que yo no reconocía la frase que citaban en nuestra conversación. Ocurría a menudo porque, aparentemente, toda la experiencia chilanga estaba condensada en sus cuatro discos (me asaltaron, ¿estás bien?, sí pero me quitaron casi todo lo que dice el Rockdrigo). Yo respondía que no: el nombre de Rodrigo González no me sonaba de nada.

O eso creía yo, porque cuando las fiestas se prolongaban hasta el día siguiente, en algún punto de la madrugada, desde las bocinas de un estéreo mal ecualizado con doble casetera salían armónica, guitarra, voz y una frase conocida: cabalgo sobre sueños innecesarios y rotos, prisionero iluso de esta selva cotidiana. ¿Quién canta eso?, pregunté. Me dijeron que Rockdrigo. Para mí, “No tengo tiempo” era la canción de los micros: casi siempre que algún joven subía con su guitarra para ganar una moneda que no afecte su economía, cantaba ésa. Me gustaba y la sabía de memoria gracias a mi uso cotidiano del transporte público. Cuando lo pienso ahora, parece casi ritual: miles de habitantes del Estado de México se desplazan de sus municipios de origen para ir a estudiar o trabajar a la ciudad; conforme se acercan aparece un músico callejero: un Virgilio que los guía en su descenso por el Periférico hacia la trampa (¿qué trampa?, los saludan al llegar). Pero nadie atiende al aviso y la máquina los vuelve una sombra borrosa.

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