Rumor de humo y ceniza Marcos Rodríguez Leija / Nuevo LaredoMarcos Rodríguez Leija / Nuevo Laredo

Dedicatoria A un país de escombros. A una frontera de espejos rotos. A una geografía mutilada a mitad del desierto. A los corazones blandos en la boca de los [soldados del infierno. A los cazadores de sueños. A los misioneros del miedo. Al honor a media asta. A un desfile de banderas rotas. A un viacrucis que no acaba. A esa ciudad que es una casa inconclusa [que se incendia....

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Sesenta vueltas al Sol Carlos Acosta / Antiguo Morelos

Ha llegado la fecha. La vida o la muerte no opinaron lo contrario. Hoy cumplo sesenta años. Lo escribo con asombro real y no puedo evitar mirarme a los veintiuno en el cuarto de azotea del edificio de la calle Pitágoras, en medio de aquel universo de luces que a las once de la noche me parecía, desde la ventana, la Ciudad de México, pensado en que no iba a llegar más allá de los cuarenta. No es un artilugio...

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Rockdrigo González. El sacerdote rupestre - Especiales

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Nora de la Cruz / coordinadora

Estado de México, 1983. Ha realizado estudios en Letras Hispánicas, Teoría Literaria y Creación en la UNAM, la UAM y la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha colaborado con artículos, entrevistas y reseñas en publicaciones digitales como La Fábrica de Mitos Urbanos, Distintas Latitudes, Hoja Blanca, Posdata y Testigos Modestos, así como en la revista Casa del Tiempo.

En 1985, Rockdrigo ya era un rockero viejo (los Beatles se separaron antes de los 30 y no se sabía aún cuánto más rodarían los Stones). Sin embargo, a partir del 19 de septiembre nos quedó la sensación de que empezaba. Y prometía. Casi diez años antes, Rodrigo González había llegado al Distrito Federal: su padre le había dado quinientos pesos y la instrucción de no volver hasta que fuera hombre. Era un castigo por haber abandonado los estudios de Psicología en la Universidad Veracruzana, pero él lo tomó como una oportunidad para probar suerte como compositor en la capital.

Al joven Rodrigo le tocó entonces lo que a casi todos los artistas migrantes. Alquiló cuartos; tocó en las calles; actuó en fiestas para ganarse la vida; entró a concursos y perdió; se emborrachó; lo asaltaron; insistió en cantar sus propias canciones; formó un dueto; entró en crisis existenciales; fue a buscarse y encontrarse; tuvo una revelación; grabó un cassette con sus propios recursos; aprovechó cuanta oportunidad surgió para presentarse con su repertorio; conoció a otros jóvenes que pensaban y escribían como él; fue descubierto por alguien; lo invitaron a tocar en el Wendy’s Pub –donde tocaba Javier Bátiz-; todo aquel que lo escuchó quedó asombrado (José Agustín, por ejemplo): surgió Rockdrigo.

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